Max Aub

O LA HISTORIA UNIVERSAL DEL FRAUDE

por Héctor Brioso Santos

La temporada pasada, Aub (1903-1972), sofisticado judío republicano, narrador, prosista lírico, cuentista imaginativo, dramaturgo y poeta ocasional, está de moda en Madrid por la publicación de sus Diarios, que hemos encontrado algo decepcionantes comparados con los de otros de sus ilustres contemporáneos, y por el estreno de su San Juan, aunque en este montaje haya prevalecido el énfasis en la cuestión judía sobre el ineludible (e igualmente urgente entonces) telón de fondo republicano -la obra data, al parecer, de 1942, pues se escribió durante la travesía interminable de Casablanca a Veracruz a bordo del Serpa Pinto, cuando el recuerdo de la derrota de 1939 estaba perfectamente vivo en la memoria del exiliado Aub. Ni tan siquiera su fuga bogartiana desde un infame campo de concentración francés en la nave Sidi Aicha hacia Argelia, ni la huida de Djelfa a Casablanca y de esta ciudad marroquí, en barco, hacia México pueden apagar el recuerdo de la guerra de Franco, que lo perseguirá literariamente hasta por lo menos 1969, fecha de sus Ultimos cuentos de la guerra de España, por no hablar otra vez de sus Diarios, que concluyen con su muerte.

Pero entonces, ¿por qué fraude? ¿por qué Aub? ¿por qué universal? No, no es que acusemos al refinado Max de ser un escritor fraudulento, defraudador, insincero... Es que nuestro emigrado y desplazado casi eterno -su madre era francesa, su padre alemán; su sino permanecer fuera de su patria casi toda su vida- fue, además de honesto escritor -La calle de Valverde, Las buenas intenciones...-, un más que habilidoso, deshonesto y artero falsificador de productos biográficos y poéticos, un perpetuo embaucador de lectores ingenuos. ”Claro que hace falta ser ingenuo...”, dirán, pero lo cierto es que no todas sus invenciones pasan inmediatamente por estafas literarias discernibles de otras especies de literatura normal, sea ésta lo que fuere.

Hemos llamado poeta ocasional a Aub. Su poesía que conocemos (la Antología traducida) es francamente (y... ¿deliberadamente?) mala, coja, falta de verdadero hálito poético. Pero más esencial todavía es el hecho de que aparece firmada por docenas de escritores de todos los países cuyos nombres buscaremos en vano en el Petit larousse ilustrée, en la Britannica y en cualquier digesto internacional. En el tal libro, Aub nos sorprende con sus composiciones japonesas, chinas, francesas, con poetas tan rarísimos... que no existen. Todo es espurio: todo producto de la imaginación aubiana.

Pero ahí quedan sus experimentos poéticos para quien pretenda pasar un rato inmejorable de mala poesía y excelente humor. La más crucial, verosímil y creída de sus falsificaciones es, a qué dudarlo, un libro titulado Jusep Torres Campalans (México, 1958). Es este volumen mexicano un libro vasto, dedicado a Andrè Malraux. Sus 344 páginas (en la reedición de 1970, última bendecida por su autor) son 344 burlas del lector, más la broma de la portada, en la que se puede ver un cuadro inventado, de autor y título ficticios. Porque el protagonista y biografiado es un oscuro pintor inexistente, un mentido amigo de Picasso, Jusep Torres Campalans, nacido supuestamente en Mollerusa, provincia de Lérida, el 2 de septiembre de 1886.

Lo más llamativo de la obra es el tono de verdad, la pretensión de seguir a un artista hasta en sus menores pasos a través de fechas, cronologías, entrevistas, conversaciones con otros pintores, análisis críticos y hasta un ”Catálogo” de sus obras e ilustraciones de sus dibujos y cuadros (muchos interesantes... Pero ¿pintados por el mismo Aub? ¿Alguno por Picasso?) expuestos en Ciudad de México. Las exposiciones y sus avatares pueden ser tan imaginarias como una trama de Borges (léanse con atención las páginas 331-332 de J. T. C.). La prolija cronología histórica y biográfica -eso que llaman ahora cronobiografía- es otro asunto: contiene mil hechos reales, pero trufados por un puñado de mentiras hábiles -se dice en ella que Luis Alvarez Petreña, personaje de Aub, nace en 1897-, por más de una interpretación aubiana y, por supuesto, en definitiva, ha sido seleccionada por el agudísimo e invencionero Max. Así, la biografía ficticia y su cronología acompañante cruzan sus caminos: la historia se hace fábula y la fábula se vuelve historia creíble.

Los secundarios de la historia narrada ofrecen trazos tan vigorosos como los del propio Torres: un Picasso creíble y juvenil, mujeres entrañables, coleccionistas de arte como un H. R. Town, aquejado de parálisis infantil, críticos, artistas, intelectuales... Aub llega a imprimir una carta de Alfonso Reyes a Julio Torri. Hasta los epígrafes o lemas al frente del libro, tres ocurrencias famosas acerca de la verdad, la mentira y la creación, pueden ocultar alguna superchería.

En realidad, lo que parece un ejercicio de mimetismo, como es norma en toda buena ficción realista, es solamente (y sin solamente) un esfuerzo de imaginación. Y Aub consideraba que el Jusep Torres era una novela. Pero la buena factura de la invención, que no es sino el regusto delicioso de lo verosímil, la proximidad del icono universal de Picasso, el reclamo del exiliado predeciblemente excéntrico y ¿genial? Torres bastaron para arrastrar a Juan Luis Alborg a la creencia de que esta invención podía ser cierta.

Aub fuerza el invento hacia su terreno querido de México, haciendo que el catalán emigre en tiempos de la Gran Guerra nada menos que a la selva chiapaneca, a tierras lacandonas, donde el alter-ego narrativo de Max lo encuentra y se interesa por él. En México, este pintor inventado encontrará, además, grandes fabuladores y escritores célebres que suscriban su existencia o elogien su vigor vital: el propio Max Aub, su amigo Luis Buñuel, Fuentes, Paz...

Lo que este lector ha encontrado más llamativo es el recuerdo, entre falso y verdadero, de Picasso: su familia, su iniciación del amigo Jusep en los prostíbulos de Barcelona y París, sus primeros cuadros vistos por el payés Campalans. Incluso sugiere que una conversación entre ambos en un bistró acerca de las putas barcelonesas suscitó Les demoiselles d’Avignon. Las noticias que se dan a cada paso del arte del malagueño no son por inventadas o recreadas menos creíbles, no por fabuladas menos intensas. Precisamente es la distancia nada beata con la que afronta Aub al famosísimo Picasso lo que hace más verosímiles las anécdotas, narradas por la técnica del personaje interpuesto: el también pintor, por inspiración picassiana, Jusep Torres. Lo mismo puede decirse del recuerdo del fantasioso Apollinaire, de Max Jacob, Braque, Delaunay, Gris... O de la reconstrucción del ambiente de la España de 1900, perfectamente vivificado por un nada desmemoriado Aub, como cuando rememora el éxito barcelonés de La Chelito en el Paralelo con la canción La pulga. ¿Qué decir del París de septiembre de 1905, en el que asistimos a un accidente de metro, con visos de realidad, en la estación de Couronnes? La profusión de datos que llamaremos semirreales es enorme y exigiría un esfuerzo ingente de confrontación y documentación, una edición profusamente anotada (que no es sino el paso que le faltó a Aub para embaucarnos del todo). Hasta la firma del pintor protagonista, de iniciales mayúsculas ”colgadas” unas de otras, tiene de casi real su parecido con otros anagramas ilustres de la época: Georges Bernard Shaw o Henri de Toulousse-Lautrec.

Mas la inventiva inagotable y el humor aubianos, por si acaso nos concentramos demasiado tiempo en lo perfecto de los supuestos retratos y ambientes, nos asaltan desde cada frase, hasta en el más pequeño guiño sintagmático: ”huevos dizque del día”; en la frase galdosiana, precisa: ”alborotóse el cotarro”; o en el detalle realista a más no poder: Torres paga los caracoles y el vino de una taberna tras discutir con Picasso. Con todo, se las arregla Aub para envolver siempre al lector en una niebla de realismo tan densa que en el centro de ella sitúa su mentira más fantástica y creíble: el real-imaginario Torres hace también que la luz opaca de la abstracción artística alumbre por primera vez en la mente de Pablo Ruiz.

No falta, en fin, atractivo alguno a esta obra de madurez. Sólo resta añadir un detalle más de sabiduría narrativa de Max Aub: la calidad de la obra y la personalidad de su autor debieron mover al siempre divertido Carlos Fuentes, a Octavio Paz, a Jean Cassou a elogiar ardorosamente el libro en unas solapas mucho más interesantes de lo habitual, idea, sin duda, de Aub, puesto que en ellas se incluye una posdata suya, clave para encandilar un poco más al lector: esa nota del novelista nos informa de que la obra de Campalans se expuso en las Galerías Excelsior de Ciudad México y en la Galería Bodley de Nueva York, ”con ocasión de la salida de la edición norteamericana”. Otra vez la superchería y el ilusionismo. Otra vez Aub.

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